|
Chama, 25 de septiembre del 2008
"Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere dará fruto abundante" (Jn 12, 24) 25 de septiembre 1948 - 25 de septiembre 2008
Por: Fr. Felipe Lafronza
Es un motivo de gran alegría celebrar los 60 años de nuestra presencia Capuchina en el Perú. Sesenta años dedicados a la constitución y fortalecimiento de esta nueva Provincia de los Frailes menores Capuchinos de San Francisco. Toda una historia llena de amor, sacrificios y entrega al servicio de Dios y la construcción del Reino, que sigue dando frutos de bienestar espiritual.
Habían pasado sólo dos años y algunos meses del término de la Segunda Guerra Mundial. Cursaba estudios de Teología en el Convento de San Bernardino de Génova. Fue una tarde de uno de los primeros días del mes de septiembre del año 1948, cuando el primer grupo de cinco hermanos de la Orden, en el Santuario del Padre Santo en Génova, recibieron cada uno de mano del Superior Provincial, un crucifijo, signo de una especial llamada de Dios y envío a su vez para la misión.
En el humilde templo de Padre Santo, de boca del Superior Provincial y ante la presencia de los hermanos de la Orden, familiares, amigos y público en general, resonaron las palabras del Divino Maestro: "Id a predicar la buena nueva, a bautizar, a perdonar", concluyendo el mensaje con el ritual saludo de: "Que Jesús, nuestro Señor; el seráfico Padre san Francisco y la Virgen Inmaculada los acompañen." Los hermanos Casimiro Canepa, Donato Gabella, Emerico Repetto, Gian Benedetto Morosini y Domingo Capponi, junto con el Hno. León Benavides, que los esperaba en Lima, fueron los primeros heraldos del envío al Perú.
Al término de la ceremonia religiosa hubo los augurios de bienestar, abrazos y un hasta pronto de los presentes. No faltaron algunas lágrimas de simpatía y. de pena. Después de una Segunda Guerra Mundial, con muertes y destrucción en que los transportes eran escasos, lentos y con una duración de varias semanas, no era posible saber ni el día del retorno, como el cálido abrazo del reencuentro. Aspecto bastante traumático para quien se alejaba de sus familiares de la propia tierra que los habían visto nacer. Hecho que se repetía toda vez que había algún envío.
Los primeros lugares de su apostolado fueron: Chorrillos, la Parroquia de San Pedro; Paramonga, la hacienda "Grace", una compañía azucarera norteamericana, productora de caña de azúcar y otros productos, y La Mejorada, en la sierra de Huancavelica. Posteriormente, se añaden Juanjuí y El Estrecho, por el río Putumayo.
Con el transcurso de los años, la Madre Provincia Capuchina de Génova fue enviando más Hermanos a cubrir las necesidades formativas, pastorales, asistenciales y educativas que se iban presentando, sin olvidar de enviarnos los recursos materiales necesarios para su realización.
Fue en este caminar que varios de los Hermanos, unos por enfermedad, otros por el desgaste físico y demás motivos de salud, iban entregando su alma al Señor. Ellos son: Antonino Penasso (1958), Iluminato Minasso (1969), Casimiro Canepa (1971), Félix Adotti (1976), Francisco Montinaro (1977), Donato Gabella (1980), Damián Garello (1981), Norberto Granone (1982), Adolfo Minasso (1987), Aurelio Gabella (1989), Damiano Alfieri (1990), Pablo Avendaño (1993), Emerico Repetto (1996), Bruno Traverso (2000), Hno. Giovanni Panizzi (2002), René Roschy (2004), Roberto Padilla (2005),. Paolino Nallino (2006), Gervasio Hullman (2007) y León Benavides (2008). Estos Hermanos son la semilla que dio origen a la Provincia de los Frailes Menores Capuchinos del Perú.
"Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo" Una verdad que se ajusta a la naturaleza en general, a la humana en particular y, sobre todo, a la vida del espíritu. Toda semilla aparentemente muerta si no cae en terreno fértil, es imposible que pueda dar fruto. La mujer para traer a su hijo al mundo y darle vida, debe nutrirlo por nueve meses de los elementos esenciales para su desarrollo biológico, aunque eso implique desproveerse a ella misma en beneficio del hijo. Para la vida del espíritu si uno no se despoja de sí mismo, no puede producir los frutos que corresponde para su realización humana en proyección a la otra dimensión. Aceptar esta verdad es aceptar en nuestra vida al mismo Cristo Jesús: Camino, Verdad y Vida, cuyas exigencias van más allá de nuestra forma de ser y pensar. Por eso, Jesús añade: "Quien aprecie su vida terrena, la perderá; en cambio, quien sepa desprenderse de ella, la conservará para siempre".
Los seres humanos estamos acostumbrados a dejarnos arrastrar por ciertos modelos que poco a nada de bien pueden inculcarnos. El único modelo que vale la pena seguir es Jesús, el Hijo de Dios, que al llegar a la plenitud de los tiempos, forma parte de nuestra historia, dejándonos el verdadero estilo de vida que nos trae bienestar humano y espiritual.
"Si alguien quiere seguirme, que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquel que me sirva será honrado por mi Padre". Jesús nos deja plena libertad de seguirlo o no, ateniéndonos a los sacrificios que esto conlleva. Seguir a Jesús es servirlo en los hermanos que el Señor nos ha puesto en nuestro camino para que su proyecto de salvación universal sea una realidad. Un proyecto de vida que nuestros primeros Hermanos han aplicado a su existencia, nos han dejado como herencia y ejemplo a seguir. Fue en este caminar que el Señor nos ha bendecido con nuevas vocaciones peruanas. Se hizo necesario un formal proyecto de Formación Franciscano Capuchino. Tuvimos que abrir nuevas casas como las de: Arequipa, Chama, Ñaña, Palpa, Caraz, Huánuco; volver a tomar las riendas de la Ciudad de los Niños, fundada por el P. Iluminato; y, últimamente, proyectarnos a la fundación de una nueva presencia Capuchina en Bolivia. Al contar con la cantidad canónica de Hermanos requerida, de Viceprovincia dependiente de la Provincia de Génova, hace apenas algunos años, se constituyó Provincia aparte, colaborando con la Madre Provincia con el envío de unos Hermanos para la atención espiritual y pastoral de los latinoamericanos en la ciudad de Génova. Todo este regalo de Dios no fue posible sin la colaboración espiritual de varias Congregaciones religiosas, como: las Hermanas de Mater Dei, las Capuchinas de la Madre Rubatto, las Hermanas Capuchinas de Lima. Y los laicos. Es decir, todas aquellas personas, hombres y mujeres, que, formando parte de nuestras Comunidades Parroquiales, han contribuido a construir el Reino de Dios, poniendo su granito de arena. Sin ellas no hubiéramos podido realizar los servicios pastorales, asistenciales y educativos que venimos brindando en nuestras diferentes Fraternidades. Más bien, les pedimos perdón si alguna vez no supimos aquilatar sus invalorables servicios y agradecerles en la forma debida. Antes de terminar, en nombre de todos los Hermanos, deseo invitar a los padres de familia, que no escatimen esfuerzos para orientar a algunos de sus hijos hacia la Vida Consagrada y al Orden Sacerdotal; el Señor sabrá recompensarlo con el ciento por uno. Mi padre estaba orgullosos de tener un hijo consagrado al Señor, que si hubiera podido ponerme en un pedestal para decirle a las personas: "Éste es mi hijo". lo hubiera hecho. Y a los jóvenes aquí presentes, hombres y mujeres, ¿por qué no pensar en la posibilidad de servir al Señor y a los hermanos consagrando su vida a Él? Les aseguro que vale la pena. Al término de este grato compartir, no me queda más que agradecer en nombre de todos los Hermanos de la Provincia a Dios por tanta bondad y generosidad que ha tenido con nosotros. A los Hermanos que nos han precedido en la Casa del Padre, entregando su vida, un continuo recuerdo al Señor de la Misericordia en nuestras oraciones. Un agradecimiento a todas las personas y grupos parroquiales de nuestras Fraternidades que en estos 60 años nos han acompañado en el servicio del Señor. Con un recuerdo particular a quienes al dejar esta dimensión gozan de la visión beatífica del Señor. Agradecimientos a nuestra Madre Provincia de Génova, que al despojarse de varios Hermanos, no ha tenido temor de "empobrecerse" recordándole que es en el dar que uno recibe. Por eso nunca le faltarán Hermanos que sigan dándole vida y la posibilidad de enviar a otros en los lugares donde se necesite de su presencia para divulgar el Reino de Dios. Que el Señor de los Milagros, la Virgen Inmaculada y nuestro Padre San Francisco nos bendigan a todos. Hno. Felipe Lafronza, OFMCap. 
|